
© José Carlos Camacho
El episodio fascinante de los Reyes Magos, venidos de unos países lejanos a rendir pleitesía a un niño humilde, rey de reyes, con los más valiosos presentes, inundó el mundo de las imágenes religiosas de occidente durante, al menos, dieciocho siglos, asociando para siempre ya la primera infancia de aquel con la ofrenda y el regalo. Sólo había que esperar a que el tiempo comenzase a construir los paralelos simbólicos, donde Jesús-bebé era cualquier niño y los Reyes Magos, la encarnación del homenaje material a aquel que trae la alegría.
El tiempo que va desde el Nacimiento a la venida de los Reyes Magos, la Navidad, acabó por tanto inextricablemente asociado al tiempo de los regalos de los niños, idea reforzada en el siglo XIX por la barroca fantasía burguesa de relatos como el Cascanueces de E.T.A. Hoffmann, que sientan la base del moderno concepto de atmósfera acogedora y entrañable (Gemütlichkeit), que hará de esa Navidad el arquetipo supremo de la felicidad.
El mercado-mundo acabará por perfeccionar el modelo, haciendo pasar el gozo del niño al de cualquier persona y convirtiendo el regalo en el centro geométrico del universo navideño y así, como por arte de magia, convirtiendo el final y el principio del año en un modelo desbocado de consumo, no sólo incoherente con el contexto humilde de la historia que lo originó, sino también imposible de sostener a partir de ella.
Ahora bien, para cuando nos hemos querido dar cuenta, la maquinaria consumista se ha adueñado de la escena, con las marcas compitiendo ávidamente por captar el blando corazón del consumidor navideño y con la ideología dominante inventándose un sinfín de criaturas regalantes, que nada tienen que ver con lo que se celebra y que se introducen en la escena a través del cine y las redes sociales. Los elfos que proliferan últimamente no son sino el resultado de estrategias de mercado que detectan un cierto cansancio con respecto a criaturas navideñas más consolidadas como papás noeles u olentzeros…
El escenario resultante es, sin duda, atroz. Millones de toneladas de materiales irreciclables, que se desprecintan en tan sólo un mes y que se convierten en basura, a menudo en tiempo real, ejerciendo un daño irreparable al medio ambiente y comprometiendo estúpidamente los bolsillos de los compradores.
Regalo, ofrenda, sacrificio son palabras relacionadas. El regalo es la fruta o la figurilla, que uno coloca frente a la deidad para rendirle homenaje. Derramar la sangre de un animal en una tabla frente a la imagen del dios (altar) no es sino un acto supremo de comunión con él… así a quienes regalamos les queremos brindar nuestro amor, nuestra entrega o nuestra simpatía. La cuestión aquí es: “¿De veras es necesario el despliegue desproporcionado que TODOS y TODAS hacemos en Navidad?”
A menudo, criticar el consumismo navideño se convierte en trasunto de una crítica a la Navidad misma. Esta fiebre compradora acaba desquiciando a muchas personas, que odian lo falso de este trampantojo de lucecitas y tiendas. Pensar en todo caso en que alguien vaya a frenar este sinsentido desde arriba es ilusorio. Seremos cada uno de nosotros y nosotras quienes tendremos que evaluar si la celebración de la amistad y el amor merece de veras desplegar esta desquiciada maquinaria, que hunde, si cabe, un poco más, la ya maltrecha salud de nuestro planeta.
