
El voluntariado es la evidencia genuina de un modo de ser con otros, entendiendo que hacer comunidad está por encima de cualquier aspiración personal. Cada persona lo vive de forma distinta y ninguna es mejor o peor que otra, simplemente, cada quien según sus causas.

Para mí, el voluntariado llegó temprano, de forma involuntaria, gracias a mis padres que me llevaban a sembrar maticas (matas o plantas pequeñas) el último domingo de mayo de cada año, día que Venezuela escogió para celebrar al árbol como fuente de vida. Visto desde el futuro, que osadía supuso llover sobre mojado en plena A mazonía, sembrar en el lugar con más vegetación del planeta, sabiendo que la deforestación y el cambio climático serían la constante en el futuro.
Con el tiempo, de adolescente, el voluntariado se transformó definitivamente en un modo de ser joven con otros, en el colegio y en el barrio, gracias, quizás, al impulso del Movimiento Juvenil Salesiano de Amazonas.
Por muchos años nos movilizamos para generar espacios de recreación y aprendizaje en una parroquia de la periferia, cada año intentábamos recolectar fondos para que niños, niñas y adolescentes como nosotros pudieran tener 15 días de vacaciones con propósito. Y esto lo hicimos de manera improvisada hasta que logramos conformar una fundación: “Recrearteama”, que nos permitió algún tipo de orden y generó confianza en quienes aportan recursos para hacer juegos e ir de paseo.
En algún momento descubrí que no se trataba de dar a los demás lo que teníamos o lo que nos sobraba, sino de compartir y buscar juntos mejores condiciones para todos. Primero, lo supe porque no teníamos otros recursos más que nuestra voluntad y porque cada encuentro con ellos nos enseñaba más de lo que se podían imaginar.
Ser voluntario es hacerse corresponsable de los problemas colectivos sin la pretensión de saberse con la solución absoluta. En mi caso, es una tensión constante entre la indignación por las injusticias y la movilización.
Sobre todo, cuando ya de adulto debí separar el trabajo formal de las actividades del voluntariado, porque si no se hila fino, se confunden y pueden traer problemas y frustraciones.

En los últimos años, la acción del voluntariado también me permitió conectarme con el lugar de destino migratorio. Al ser parte de Fe y Alegría Venezuela, una obra de la Compañía de Jesús, supuse que la misión es compartida y eso me permitió, junto a mi esposa, hacernos parte de Entreculturas Valencia para, desde nuestras experiencias, ser útiles en las actividades que se implementan por el derecho a la educación en este lado del mundo.
No hay verdades absolutas, pero sí puedo afirmar que la acción genuina de colaborar en causas comunes le ha dado sentido a muchos momentos de mi vida. Y esta forma de saberse parte de otros se convirtió en un modo de vivir que resulta más reconfortante, no importa si estás en tu barrio, en tu ciudad, en tu país o a miles de kilómetros. Somos los mismos.
Este testimonio forma parte de la sección 💯 Voluntariado para la sostenibilidad
