
Personas voluntarias en Paiporta, zona afecta por la Dana en Valencia. Deyanira Fdez.
Tras el verano, volvemos con nuestra sección 100×100 voluntariado para la sostenibilidad. En este artículo Elena, activista y voluntaria, reflexiona sobre la convivencia del mundo militante y la vida voluntaria en la sociedad en la que vivimos.
A veces, cuando alguien pertenece a espacios de activismo y militancia, cree que tiene un análisis infalible de la realidad y que las personas con las que comparte esas asambleas son las que tienen los mismos valores que ella, siendo todo lo demás formas equivocadas de abordaje. Además, dado que todas necesitamos pertenecer a algo que defina nuestra identidad, estos espacios pueden llegar a cerrarse hacia nuevos aportes, a veces sin revisar qué se está dejando fuera.
Pero a veces también ocurren milagros que nos reafirman que lo mejor que podemos mantener intacto es la escucha, la autocrítica y la capacidad de dejarnos sorprender. Y cuando eso pasa en los lugares menos esperados recibimos lecciones de vida que pueden convertirse en una nueva mirada.
La militancia y el voluntariado no son muy diferentes: son dos reacciones que nacen de la búsqueda de la justicia social, de la necesidad de cambiar las cosas, de saber que el mundo puede ser más igualitario, más equitativo y que no tiene por qué estar gobernado por el poder, el dinero o la violencia estructural. Ambas formas de participación buscan cambios desde un compromiso social y miran de frente a la exclusión. Quizás lo que les falta es mirarse la una a la otra.
La humildad del voluntariado, la capacidad de servicio para prestar ayuda concreta a las personas que lo necesitan en el momento y lugar que lo requieren, en su día a día, es algo que el activismo debe tocar más de cerca. Las asambleas no pueden quedarse como un espacio de autoafirmación y debate continuo si eso no ayuda a cambiar de forma concreta las condiciones materiales de las personas que no pueden acceder a sus derechos por el abuso institucional o el laberinto burocrático.
La formación continua y la incidencia en las políticas públicas y en las normativas a través de acciones de presión social tienen que incorporarse más a la práctica diaria del voluntariado para poder cambiar los marcos desde los que se interviene, ya que las estructuras no sólo las sufren las personas concretas con las que se trabaja, si no comunidades enteras a las que no podemos llegar con las manos que tenemos. Y esos marcos debemos revisarlos para transformar desde un enfoque holístico.
La regularización extraordinaria no habría sido posible sin un movimiento social autoorganizado en colectivos que ha sostenido a lo largo de los años toda una lucha política. Pero tampoco habría sido posible sin las miles de personas voluntarias que han formado parte de los puntos de información y tramitación de tantas entidades de toda índole
Acabamos de vivir un proceso de Regularización Extraordinaria en el que se han presentado alrededor del millón de solicitudes. Este proceso, aún con todos los obstáculos que el sistema ha logrado plantar en el camino, no habría sido posible sin un movimiento social autoorganizado en colectivos que ha sostenido a lo largo de los años toda una lucha política. Pero tampoco habría sido posible sin las miles de personas voluntarias que han formado parte de los puntos de información y tramitación de tantas entidades de toda índole: sindicatos, asambleas, fundaciones, asociaciones, comunidades, etc.
Necesitamos más espacios de diálogo y más acciones concretas que unan los recursos y métodos con los que contamos, pero que a veces no compartimos entre nosotras. Se nos presenta un gran reto: quitarnos los prejuicios hacia ambas fórmulas y unir los aprendizajes. Lo necesitamos para no dejarnos a nadie en el camino, para trabajar de la mejor forma posible sin perder de vista la meta.
Firmado: una activista y una voluntaria.
