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El carnaval como ejemplo de escucha activa

Tiempo de lectura: 4 minutos
Lucía Aragón ©
Lucía Aragón ©

Se escuchan risas en una calle, acudimos. Una chirigota está empezando a prepararse para cantar sus coplas y, mientras, alguien ha contado un chiste. Van de fenicios, civilización que se asentó en Cádiz unos mil años antes que el pueblo romano. Empieza a sonar la guitarra. Escuchamos. Se hace un silencio abrumador en toda la zona. Quien pasa de camino a otro lugar lo hace con cuidado, solo se escuchan murmullos lejanos de quien no sabe que aquí están cantando. Una amiga me dice: «Hay que ver lo que consigue el Carnaval», y entonces pienso en todo lo que podríamos alcanzar si escucháramos a la vida con la misma atención con la que seguimos a una agrupación durante el Carnaval de Cádiz. En tiempos donde todo sucede deprisa, donde el ruido constante de la actualidad apenas nos deja espacio para la pausa, el carnaval en este rincón del sur emerge como un acto de resistencia cultural.

Históricamente, el carnaval en Cádiz ha sido una válvula de escape y, al mismo tiempo, un altavoz popular. Durante la dictadura franquista fue prohibido oficialmente, aunque logró sobrevivir bajo otros nombres y con prácticas camufladas. Esa capacidad de reinventarse demuestra que no se trata de una fiesta popular sin trasfondo, sino de una necesidad colectiva: la de expresarse cuando otros espacios se cierran. Cuando no se puede hablar claro, se canta; cuando no se puede señalar directamente, se ironiza. El pueblo de Cádiz aprendió a decir sin decir, a denunciar disfrazando la verdad de copla. Las agrupaciones, divididas en comparsas, chirigotas, coros y cuartetos no cantan únicamente para entretener; cantan para interpelar. Cantan para señalar lo que duele. Cantan para recordarnos quiénes somos.

Un pueblo que se reúne para escucharse

Si algo define a esta muestra cultural son sus letras, en las que resuenan las preocupaciones que podemos escuchar en cualquier reunión de amistades: la imposibilidad de acceder a una vivienda digna, la precariedad laboral, la desigualdad de género, el auge de los fascismos, y además algunos más profundos, como la memoria histórica o el deterioro de los derechos sociales. Frente a estas realidades, esta comparsa responde con poesía afilada.

Tirano es el que usa tanta insolencia
y el que usa las armas para imponerse a la violencia,
un dictador es quien usa sus palabras para engañar al mundo
y usa su ejército enorme para imponer su interés al mundo”.

Versos que no son un mero recurso literario que suena bien. Son una advertencia. En un contexto global donde los discurso de odio se normalizan, agrupaciones de carnaval como esta actúan como altavoz de cierta conciencia crítica. Desde el escenario del Gran Teatro Falla, donde se hace el concurso oficial, hasta cualquier esquina del barrio de La Viña, donde puede cantar quien quiera, se recuerda que la palabra puede ser arma, pero también puede ser antídoto.

Las coplas son variadas, pero a menudo recuerdan a quienes suelen ser silenciados. En defensa de las personas pensionistas, otra agrupación interpela a las generaciones más jóvenes:

 

Escúchame muchacho, soy María,
siempre he pagado mis impuestos
y con lo que pagué se ha pagado el pupitre donde has estudiado.
Mi pensión me la he ganado
y ahora te escucho gritar que somos demasiado viejos.
Escúchame muchacho, que tu patria no la ha pagado
ni el capital ni el mercado,
la pagó gota a gota mi propia sangre”.

 

Aquí el carnaval vuelve a convertirse en escuela de escucha. El carnaval es una actividad consumida por todas las generaciones y por qué no aprovechar su situación para generar un diálogo intergeneracional. De recordar que los derechos conquistados no son privilegios, sino fruto de luchas colectivas.

Pero los jóvenes, casi sin saberlo, en este caso a través de un coro responden:

“Ese fue mi delito, sí,
buscar un mundo donde no haya que sufrir,
un mundo donde amar vaya de la mano de la palabra papá,

donde a la infancia se la eduque en libertad”

Un coro es la agrupación con mayor número de personas, pueden llegar a ser casi 50 personas cantando con fuerza una misma idea. En este caso, vestidos de Oliver Twist llenaban sus coplas de alegatos a la necesidad de proteger la infancia, como el principal objetivo para construir sociedades sanas y guiadas por el cariño.

En este sentido, el carnaval es un acto de altruismo cultural. Decenas de agrupaciones de todas las edades dedican meses de trabajo sin esperar más recompensa que el aplauso y la emoción compartida. Se organizan, crean, ensayan y salen a la calle para regalar palabras. Rodeados de la necesidad de monetizarlo todo, el carnaval mantiene viva la lógica del “don”: cantar por el simple hecho de cantar, compartir por el simple hecho de compartir.

Escuchar como acto revolucionario

Hemos hablado de letras, reivindicaciones, de música y de disfraces, pero ante todo, el carnaval es una pausa. Una pausa consciente frente a la velocidad que nos impone el presente. Durante esos días, las calles se convierten en foros abiertos. La ciudadanía se detiene a escuchar una letra completa. Escucha al que piensa diferente, escucha al que sufre. Se ríe, pero también reflexiona. Se emociona. Se reconoce en lo que oye, o no, y también está bien. Esa experiencia colectiva rompe el dogma individualista en el que nos movemos y nos recuerda que formamos parte de algo más grande.

El carnaval reivindica la presencia física, la cercanía, mirarnos con atención. Educa en la escucha activa porque obliga a prestar atención al otro.

En tiempos de hiperconectividad digital y desconexión emocional, el carnaval reivindica la presencia física, la cercanía, mirarnos con atención. Educa en la escucha activa porque obliga a prestar atención al otro. Escuchar, incluso, la risa que esconde una verdad incómoda. A la comparsa que denuncia, al coro que ironiza, a la chirigota que satiriza. Y al hacerlo, nos entrena para escuchar también fuera de febrero: en nuestras casas, en nuestros trabajos, en nuestros barrios. Quizá por eso el carnaval de Cádiz no es solo una tradición, sino un ejemplo. Un ejemplo de cómo el arte puede ser herramienta política sin perder la alegría. De cómo la crítica puede convivir con la fiesta. De cómo un pueblo puede organizarse para decir lo que piensa sin renunciar al disfrute.

Tal vez ahí resida su mayor valor cultural. Mientras haya coplas que interpelen y oídos dispuestos a atenderlas, seguirá existiendo un espacio donde el pueblo no solo celebra, sino que piensa, siente y se hace oír.

Quizás como sociedad solo nos queda una tarea: incorporar la lógica del carnaval en nuestro día a día.

2 Comentarios

Ana
Ana
Reply
4 marzo, 2026 at 1:29 pm

Me ha gustado mucho la reflexión, !qué importante la escucha activa! Esa pausa, esa reflexión, tan importante y tan necesaria. Lo he compartido.

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