
En una nueva entrega de la sección 100X100 Voluntariado para la sostenibilidad nos acercamos al testimonio de Heloísa Alves, quien fue voluntaria europea en Cerzeto Solidale, una entidad que apoya a personas refugiadas en Calabria, Italia.
Corría el año 2022, tenía 20 años y vivía un periodo de introspección y una cierta melancolía que me pedía «algo más». Sentía una necesidad urgente de salir de mi zona de confort, de ver el mundo y de sentirme útil. Fue en esa búsqueda cuando encontré una asociación estudiantil en mi universidad que me abrió las puertas al voluntariado. Aunque mi plan inicial era América Latina, los plazos no coincidían y para mi sorpresa, el destino tenía otros planes: terminé aterrizando en Cerzeto, una pequeña y acogedora localidad en la provincia de Cosenza, en Calabria, Italia. Allí pude colaborar con la organización «S.A.I. Cerzeto Solidale», centrado en el apoyo a familias refugiadas en situaciones de gran vulnerabilidad.
La pausa académica con propósito transformador
Durante seis semanas, mis vacaciones académicas ganaron un nuevo propósito. Acompañada por otros dos voluntarios, nuestra misión era ser «útiles» a través del trabajo que se necesitaba en cada momento y con el foco en las personas. Nos encargábamos del apoyo logístico, llevando bienes esenciales y gas a las casas de las familias que formaban parte del programa, además también hacíamos otro tipo de tareas diarias, como la de acompañar a quienes lo necesitaban a sus consultas hospitalarias. La mayor parte de nuestro tiempo estaba dedicado a tareas educativas, pero con el afecto siempre presente; creábamos nuevos juegos y realizábamos talleres de artes plásticas para los niños y niñas, mientras sus padres gestionaban otro tipo de trámites en la asociación. Para la asociación era importante poder estrechar lazos entre su trabajo y la comunidad local y en relación a esto se hacían diferentes actividades de difusión a lo largo del año, yo pude participar una en el primer día de clases en los colegios en la que distribuimos unos kits de bienvenida a todo el alumnado del pueblo, muchos de ellos/as hijos de las familias refugiadas a las que apoyábamos.
De la convivencia casual a una amistad para toda la vida
Durante mi tiempo en este pueblo de Calabria viví en un hostal junto a los otros voluntarios; una chica portuguesa y un chico griego. Lo que comenzó como una convivencia «forzada» se transformó en una amistad para toda la vida. Mi compañera portuguesa y yo compartimos habitación, tareas y confidencias; en los momentos más difíciles, fuimos el soporte la una de la otra. En nuestras horas libres aprovechamos para sumergirnos en la cultura local y aprender todo lo que podíamos. Gracias a los compañeros que trabajaban en la asociación, que nos integraron desde el primer día en sus grupos de amigos y sus encuentros festivos, pasamos a formar parte de la comunidad de Cerzeto.
Si miro atrás… la responsabilidad me mantuvo firme
Al mirar atrás, el crecimiento personal ha sido notable. Esta experiencia me enseñó a «lanzarme de cabeza» incluso con miedo a lo desconocido. Pero sin duda mi mayor lección fue sobre la resiliencia. Aprendí que los malos días existen en cualquier lugar, ya sea en la comodidad del hogar, en medio de lo desconocido en Italia o en cualquier otra parte del mundo. Hubo momentos en los que las ganas de rendirme y volver a mi lugar seguro apretaron con fuerza, pero la responsabilidad que había asumido con mi tarea y con esas personas me mantuvo firme. Comprendí que un problema que hoy parece gigante, mañana será menor, y pasado mañana lo será aún más. En el fondo, la clave está en no tomarse esos días tan en serio y entender que fuera de la zona de confort es, precisamente, el terreno donde más crecemos.
